sábado, 18 de febrero de 2017

Construir de la nada

En los años cincuenta, la arquitectura española abandona el vacío academicismo oficial y redescubre la modernidad con un puñado de obras maestras



Los cincuenta son los años del rock'n roll, el Sputnik, la Vespa, la televisión, Lolita, la ópera de Sydney o Brasilia. Para los mitómanos, la muerte de megaestrellas como James Dean, Humphrey Bogart o Billy Holliday resume la década; pero, aquí y entonces, a casi nadie le importa: estamos en la posguerra. España, con las orejeras de la dictadura, sigue siendo dos, y una vive en el exilio: Juan Ramón Jiménez que recibe el Nobel (1956), Buñuel, Picasso, Roberto Gerhard, Pau Casals, Sert... todas las artes tienen un destacado representante español fuera de nuestras fronteras.

Sin embargo, el régimen sale de su aislamiento: la ONU suspende el bloqueo internacional y los cincuenta se cierran con el abrazo de Eisenhower a Franco en Torrejón. El desierto que Carmen Laforet reflejó en su novela Nada (1944) comienza a cobrar vida. En el arte, un buen ejemplo es la arquitectura, que prolonga sus logros en la década siguiente. La estética del imperio hacia Dios (y más allá), con la construcción de cojos Escoriales, va cediendo, bajo influencias italianas y de los maestros nórdicos, a la Arquitectura Moderna que ya había germinado durante la República. Un puñado de obras maestras hacen olvidar los destinos universales y los desatinos neoherrerianos; sus autores son arquitectos a quienes la Guerra Civil se les coló en el currículo.

"No hago arquitectura, construyo casas", esta sentencia del barcelonés José Antonio Coderch resume su carácter, su fuerte sentido crítico, su oposición a dogmas y teorías (vinieran del régimen o de la moda). También define su objetivo: crear un lugar digno de ser habitado. En el barrio de la Barceloneta, junto al Port Veil de su ciudad, dando al mar, construye un bloque de viviendas; enfrente queda ahora un edificio mimético que consigue, más que un homenaje o un pasar desapercibido, resaltar los valores del original: abstracto, proporcionado, aristocrático. Ese desdén que el viejo bloque parece sentir por su imitador, lo extiende a la calle. La barrera impuesta por las persianas, venecianas, mediterráneas, da privacidad a sus habitantes y los aísla de una ciudad que el autor consideraba hostil. El interior, fluido, es un organismo que nace de la suma de dos células-vivienda por planta, agrupadas alrededor de un núcleo de escaleras. Antes de llegar aquí, Coderch experimentó minuciosamente con distintas viviendas unifamiliares cuyo éxito le abrió una vía de comunicación con el extranjero. 

Alzados y planta de las viviendas de La Marina, en la Barceloneta.
En la cercana Tarragona, de la concreción de las bases de un concurso público nace otra abstracción: el Gobierno Civil. Así es su fachada: unitaria, un orden roto, poética, espiritual, experimental, clásica, constructivista o suprematista... adjetivos todos que la leen y la desconocen, como la rosa del poema de Juan Ramón. Una parte de esta fascinación por explicarla nace de la inmediatez del croquis que la alumbró, pero hasta su autor, Alejandro de la Sota, dijo desconocer por qué lo hizo así. De la Sota profesaba la fe en Mies van der Rohe, dios de la arquitectura moderna al que se atribuye el aforismo "menos es más", pero hoy el balcón del Gobierno da a una rotonda disfrazada de plaza, sumida en el tráfico (el arquitecto pidió cambiar el emplazamiento del edificio), con un jardín kitsch donde no faltan fuentes, un puentecillo y ánades varias; hasta soportaba un ninot mutilado con publicidad de Port Aventure.
Fachada del Gobierno Civil de Tarragona.                 Croquis de sección del Gimnasio del colegio Maravillas. 
En otra construcción casi simultánea alcanza una cumbre artística similar, es el madrileño Gimnasio del colegio Maravillas. Apilando (bajo un patio de juegos exterior) aulas, polideportivo y piscina y dándolos a la luz natural y al aire, resuelve el problema funcional; pero hay más... Un inmaterial "más" que llevaba a don Alejandro, cada sábado y hasta su muerte, a controlar la ampliación de su obra, ya en silla de ruedas.

Anónima grandeza

Casa Sindical, hoy Ministerio de Sanidad y Consumo
Frente al museo del Prado, emborronado por la pantalla de árboles del paseo, el gran edificio cuadriculado destaca por su dura simplicidad, casi por su anonimato. Ésta no es la única contradicción que la antigua Casa Sindical sugiere: a medio camino entre lo clásico y lo abstracto, tiene algo de la pintura de Chirico, a quien su autor, Francisco de Asís Cabrero, conoció en Italia (1941), un viaje clave en su formación cuando en España casi ni existían publicaciones sobre arquitectura. 

A los contornos del solar y a la escala de las calles que lo rodean se adapta el basamento de siete plantas; 16 alturas alcanza el cuerpo central de oficinas: "escogí la forma del cubo porque funciona bien", explicaba el autor con sencillez. En una entrevista, Cabrero recordaba un edificio anónimo de la Gran Vía madrileña que le había inspirado de forma inconsciente. 

Pabellón de la Exposición de Bruselas, de 1958.
Casi no merece la pena visitar el Pabellón de la Expo 58 en su emplazamiento actual, en la Casa de Campo de la capital, a menos que se esté interesado en ver los efectos que la desidia y el abandono causan en un edificio. Aunque un cartel insinúa que hay una restauración en marcha, ésta terminó hace más de dos años sin resultados visibles. Está hecho fosfatina, que dirían los tebeos de la época, y malvive porque, como su contemporáneo abuelo de la familia Cebolleta (1951, by Vázquez), recuerda los viejos tiempos, el estrellato en Bruselas. O espera un traslado que prometió el alcalde. Al describir el edificio original resulta una adivinanza: Adaptable a cualquier solar. Montable y desmontable, como un mecano. Lo configura una sola pieza, repetida: un paraguas hexagonal de varillas metálicas que se clava a la tierra por su mango (de altura variable, también metálico).

Huesos de hormigón

No demasiado lejos, junto al cauce del río Manzanares, se encuentra el Centro de Estudios Hidrográficos. Más que el bloque de oficinas de cristal y hormigón interesa ver la nave de ensayos, un espacio de 80 metros de largo, 7 de alto y 22 de ancho con luz natural (facilita las fotografías de las maquetas de laboratorio). Para resolver la entrada uniforme de la luz y la salida del agua de lluvia, el arquitecto Fisac usó piezas de hormigón pretensado [hormigón armado en el que se introducen tensiones internas permanentes para compensar las tensiones exteriores que causarán las cargas a las que está sometido en servicio] cuya forma recuerda a los huesos de ternera. La repetición de estos huesos y la luz intercalada entre ellos crean un hipnótico ambiente de cine, como el interior de un gran organismo paralelepipédico fosilizado.
Nave del Centro de Estudios Hidrográficos. 
Los ejemplos nórdicos, la casa japonesa, la Alhambra y Santa Sofía son los modelos que, tras sus viajes por el mundo, reconoce Fisac. El arquitecto pertenece a la cosecha del 42, la primera tras la guerra, como Cabrero, Aburto, Fernández del Amo o De la Sota, con los que se tituló en la escuela de Madrid. 

A la generación inmediata se adscriben Corrales y Molezún (responsables del Pabellón de Bruselas) o Sáenz de Oíza, autor de Torres Blancas, un rascacielos que hace algún tiempo
 recuperó su coronación al desprenderse de un anuncio luminoso (“Piensa en verde”, decía el eslogan de la cerveza publicitada). El arquitecto explicó así su intención inicial: "Yo pensaba en un esquema de árbol: En la parte baja (las raíces) la torre se prolonga con los aparcamientos y los conductos, y en la parte alta (las ramas) está la parte social con las tiendas, la piscina, el gimnasio...". Las 21 plantas intermedias se dedican a viviendas. El edificio culmina la tendencia organicista ya de los 60, la asimilación de las formas de los seres vivos, y aparecerá en todo tipo de publicaciones. Consciente de su éxito, parece posar junto a la madrileña avenida de América. 
Su fuerte expresividad lo emparenta con la basílica de Aránzazu, en Vizcaya, donde se sumaron artistas de gran talla. Oíza también trabajó en los Poblados Dirigidos de Madrid, una notable experiencia urbanística y urbana.

De nueva planta

Vegaviana tiene una plaza, la principal, dedicada a José Luis Fernández del Amo, pero no por ser el fundador y primer director del Museo Nacional de Arte Contemporáneo, sino porque este pueblo de Cáceres es su pueblo. En él concretó una idea: colocar los edificios en torno a áreas que conservaran la vegetación original. Inmersa en los planes oficiales de colonización, regadíos y establecimiento de cultivos no tradicionales, Vegaviana es una población de nueva planta, nacida de la admiración por la arquitectura anónima, de un sabio equilibrio entre lo tradicional y lo moderno. 

Planta y vista aérea de Vegaviana.
Casi sesenta años después de su creación, lo proyectado domina sobre las variaciones introducidas después. Las construcciones (con materiales y técnicas de la zona) mantienen su cuidada composición de volúmenes, con aristas limpias, con elementos que se repiten, con texturas rugosas pintadas de blanco; el luminoso resultado es cálidamente abstracto. Sobresalen la escuela, el asimétrico ayuntamiento con su desnudo chapitel y su reloj, la iglesia en cuya construcción colaboraron distintos artistas... Los espacios libres, donde respiran los grupos de edificios, son humanos y conservan la verdad de la tierra: encinas y alcornoques centenarios, la jara, el tomillo y la retama.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Novena (I)

Repiten quienes nunca lo conocieron que Gustav estaba obsesionado con la Décima sinfonía, meta inalcanzada por otros compositores anteriores. Que, para no sufrir la llamada “maldición de la Novena”, no otorgó a la Canción de la Tierra un ordinal. Pero no explican por qué luego sí que construyó y numeró una sinfonía posterior. Y otra.
Que no hiciera trampas es lo más inexplicable para mí. Cuando hubo terminado sus dos últimas obras pudo rebautizarlas con números correlativos, “a partir de ahora se os llamará la novena y la décima de Mahler”. Así, salvaría el escollo como un astuto Ulises. 
No lo hizo y, de esta forma, la Décima (undécima, según mi ardid, mi plan) quedó inconclusa.

Hay un instante de Delibes por el que muchos pasamos en la realidad sin saber de su traslación a la novela: Muestra en un tren a su protagonista. Mira cómo se suceden los postes de la luz, agujas que miden ese tiempo doblemente viajero. Piensa que debe aguantar la respiración hasta que pasen diez postes. Lo hace y, poco a poco, va afinando la dificultad. Cuando llega a la prueba definitiva de apnea, se le pasa por la cabeza jugarse el alma en ello: “Todo o nada, Lucifer”. Consigue un triunfo al primer intento. Con cierta decepción, sube la apuesta. No para esta serie ascendente hasta llegar al dolor. Que supera con una cierta amargura en los pulmones. Y sabe que tampoco conseguiría satisfacción perdiendo contra el Diablo. Esa doble decepción le sumerge en una monótona tristeza que comparte con el paisaje castellano.

lunes, 13 de febrero de 2017

Por amor

Llegó un día acompañando a alguien y, desde entonces, K acudía con bastante regularidad al café donde semanalmente hablábamos de todo.
Se solía sentar al fondo.
No solía intervenir salvo para una precisión, un apunte, inmediatamente barrido por la riada conceptual de algún contertulio poco soportable.
Ayer charlamos sobre el amor y, como no sabíamos charlar de otra cosa, también de literatura.
Hablamos de Calixto y Melibea, de Aldonza Lorenzo, Bernardo y Eloísa, Francesca de Rímini, Valmont y Merteuil y otros que la resaca ha borrado.
Hablamos de la juventud, la idealización, la distancia, la infidelidad, el juego, la maldad.
Se comentó que la más depurada forma de amar conllevaba la muerte, como en las noches egipcias que Pushkin ideó para Cleopatra.
Se habló de mucho, se bebió más y no se resolvió nada.
Mientras K volvía en metro, siempre apretando el variado libro que le calentaba el pecho, recordaba lo que no nos había dicho porque era sólo suyo: el único acto de amor que compartía, que entendía que alcanzara la muerte.
Sucedía en Fahrenheit 451. Lo protagonizaba la anónima mujer que, cuando los bomberos incendian su biblioteca, se arroja sobre las llamas junto a sus libros amados.

jueves, 12 de enero de 2017

Mandamientos


Cosima Wagner en su trono, 1905, fotografía de Jacob Hilsdorf


Cosima se echó al monte y a sus brazos. Y bajó con este decálogo escrito en un pentagrama:

1-  Amarás a Wagner sobre todas las cosas

2-  No tomarás el nombre de Richard en vano

3-  Santificarás Bayreuth

4-  Desdeñarás a tu padre y honrarás a tu segundo esposo

5-  Matarás con música

6-  Cometerás actos impuros si la muerte los redime

7-  Robarás sólo si eres un superhombre con una supermisión

8-  Mentirás para tus propios fines y placeres

9-  No consentirás otros pensamientos o deseos que los Suyos

10- No respetarás los bienes y méritos ajenos


lunes, 2 de enero de 2017

Discos


Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Era un invierno triste y frío, a juego con el lento proceso de divorcio, no por querido menos nebuloso.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Entre los últimos asuntos pendientes, un viejo coche rojo de segunda mano que mis padres habían pagado a modo de dote. Como conducir me daba risa, a todos los efectos era de mi pareja, ahora ex.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Nos habíamos olvidado de él en una calle paralela al río y a los recorridos de los patos contaminados. Era lo menos importante. No teníamos nada más que repartir excepto la hipoteca del piso, que también cedí graciosamente. 

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Desde la cita final en el bufete de la abogada no nos veíamos. Los movimientos de nuestro saludo, que no querían afectar afecto, andaban todavía sin ajustar. No se concretaron ni en un beso ni en un contacto de manos, ni apenas en algo intermedio.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Nos costó bastante encontrar el coche de marras porque ni recordábamos el lugar exacto ni reconocimos el color, mucho más apagado en la realidad de aquella tarde. El nuevo hallazgo no nos sorprendió demasiado.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Sólo algunos discos eran negros; el conjunto incluía portadas que completaban su papel de cortinaje, salvaguardando la intimidad del okupa.

Cumplían tan fielmente su misión que jamás conocimos al inquilino. 

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Comprobé que la llave giraba, pero el fuerte olor interior y el respeto a la intimidad ajena, detuvieron la apertura de la puerta. Cerré. No hubo ninguna reacción interior. “Y ahora, ¿qué hacemos?”, se oyó fuera.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Repitió la frase delante de un café caliente. El cristal del bar estaba decorado con manchas que creían ser letras. Adherido al interior, cabía un vinilo con el trío de camellos montados. “¿Qué hacemos, ahora?”.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

El café estaba frío aunque su apariencia humeante buscaba el engaño. Le respondí una sandez, señalando el vidrio: “No se sabe ni quién es Baltasar”. Baltasar, nuestro único rey favorito. 

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Los villancicos que sonaban entonces pertenecían a mi ex. Era de lolailos y boleros, de letras dulzonas y onomatopeyas populares. Yo me refugiaba en composiciones que contenían muchas más notas. 

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Repetimos, unos minutos, nuestra vieja disputa entre cabeza y corazón; sobre la importancia de emocionarse; sobre quienes otorgan valores sentimentales a un estúpido músculo. Pero coincidimos en la decisión final acerca del vehículo. 

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

Acordamos que no lo venderíamos al chatarrero hasta que la primavera se aproximara al verano. El motivo real creo desconocerlo.

Habían coloreado las ventanillas con discos de vinilo.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La duda


Abrió los ojos lentamente, mientras trataba de rescatar su personalidad de toda esa negrura. Tenía claro que había fallecido, aunque muerte y consciencia parezcan términos antagónicos. No lo eran para Bruckner: ya había imaginado antes el cielo a través de un filtro musical. Sería etéreo y ordenado, poblado con notas y angelotes que habían desertado de la lira para convertirse al órgano. Pero en horas y días posteriores descubriría un sinfín de ruidos: cacofonía de prisas, de conversaciones que se arrastraban, ruido de pantallas silenciosas llenándolo todo. Y vería ángeles estirados y adelgazados, con dentaduras perfectas y tatuajes de marinero transcendente. Santos en carteles inmateriales, que se abrían y cerraban en el aire mismo, vendiendo felicidad. Todo parecía comprable, consumible, así en la tierra como en el cielo. De momento, no se frotó los ojos, guardó las premoniciones y prejuicios y se dirigió a lo que parecía una puerta.

-Feliz aniversario.
Un cuadro protegido por cristal le hablaba, al otro lado, levitando sin apoyos en el centro de la estancia. Todas las paredes estaban cuajadas de pesados cortinajes. Envuelto en penumbra, vio que su propio cuerpo se reflejaba en el vidrio, material y fantasmagórico a la vez.
-¿Cómo te ves? La verdad, para cumplir dos siglos, no te conservas nada mal.
Sí, estaba vivo, y en la pecaminosa tierra. Vivo, descubriría después, de una manera anómala, con el peso de los años ajenos que habían transcurrido desde su deceso. En este nuevo estado valían más las opiniones que los demás habían vertido sobre él que las que recordaba como suyas propias.

Al desconocido le divertía su desconcierto:
-Ay, Antón, Antón: ¿para qué compusiste tantas sinfonías si sólo valen la pena dos o, como mucho, tres?
Fue la primera grosería. Así, de sopetón, demostrando que era un interlocutor alérgico a la diplomacia. Demostrando que era él quien mandaba
Se presentó como un empresario coleccionista, “puedes llamarme Cole”, ciertamente caprichoso, que había comprado su esencia en una subasta de Sotheby’s. Y la había vertido en un cuerpo clonado de alquiler, reacondicionado para asemejársele. Cole no era su amigo, era su dueño, como le espetó a las claras.
-Paradójicamente, Antón, en este siglo la esclavitud está muy mal vista. 
Empero, confesó, bastaba con pagar una miseria mensual al empleado para superar ese débil prejuicio social. Trufaba constante su monólogo con el irritante gesto de las comillas. 
-Has tenido mucha suerte. Otros compositores fallecidos sólo reviven el breve instante en que alguien, en alguna parte del mundo, interpreta una de sus obras. Si lo hace con fidelidad, claro
Al parecer, lo de resucitar con las audiciones de discos y CDs no estaba tan claro.

-Ay, Antón, Antón, Antón pirulero…-se despidió Cole sin más, haciendo gala de retranca y folclore patrio.
Como regalo de cumpleaños, le había dejado sobre el suelo de vidrio un objeto paralelepipédico, con el grabado de una manzana mordida. El símbolo le pareció eso mismo, simbólico. “No pienso caer en la tentación”, se juramentó.
En la carcasa estaba rotulado lo que dedujo como un nombre: “teléfono”.

No tardó en acostumbrarse a su nuevo cuerpo. Comía y bebía con regular normalidad. Cumplía con sus deposiciones. Y veía la múltiple realidad a través del cuadro (“televisión”, constaba en su parte trasera) cuando aleatoriamente se le aparecía.

Su principal tortura eran el teléfono y la curiosidad. Varios días después, aun con el librillo de instrucciones en alemán y danés, ni había podido encender el aparato. Así, el segundo regalo fue un niño clonado, de unos cinco años, con el rótulo “asesor tecnológico”. La primera palabra que buscaron en un diccionario sin libro, accesible a través del móvil, fue precisamente ésa, clon. Luego dron, luego avión para entender el término anterior y así sucesivamente, aprendiendo a salto de mata, de conceptos y de rimas. Por un defecto de clonación, el niño estornudaba constantemente y Antón terminó por llamarle Jesús.
Era cuarto y mitad de ciborg; animaba su hardware un software trampa con el que simulaba contaminar menos al respirar y hacer caca.
-Soy alemán, como tú.
-Yo soy austriaco.
-Lo que tú digas, Bruckchen.

Cuando entraron en su propia entrada de la Wikipedia, se sintió muy avergonzado por la publicación de la sinfonía 0 y más aún de la 00 (la página inmaterial incluía un enlace con Parish, un afamado pívot de los Celtics). “Pero, ¿por qué lo han hecho?”. Notó que su voluntad poco importaba ante los embates de la posteridad y se plegó en una depresión post mortem, cerca del cero absoluto por primera vez.
Para consolarle, el niño le mostró los nombres, miles, almacenados en la carpeta de contactos. Todos eran como él. “¿Puedo hablar con ellos?”. Ante el gesto afirmativo, acarició el de Gustav Mahler, que había sido alumno suyo, y el de Richard Wagner, su idolatrado maestro. Pero estaba decidido a no importunarlos, Dios mediante, salvo caso de fuerza mayor.

Al parecer, en la fácil reedición de Bruckner tuvo algo que ver la profanación de su tumba. Habían derribado sin contemplaciones el complejo barroco de San Florián y lo habían sustituido por una ciudad deportiva, San Florentino, que desde hacía un lustro dominaba la villa. Infames cambios que llegaron tras la adquisición del LASK, un club del cercano Linz, por parte de Pérez, exmandatario madridista cuyo rostro le resultó muy familiar. 
Un anónimo bloguero resumía estas actuaciones como el símbolo de un cambio de religión: el fútbol superaba al catolicismo como nueva fe.
Una nueva fe. Lloroso y escandalizado, ese día Antón no paró de hacerse cruces, sin comer ni defecar, hasta que quedó dormido en el suelo.
Lo despertó la imagen del coleccionista, que le miraba de arriba abajo. Adelantó que iba a presentarle a un productor musical, a un director de orquesta y a un crítico. Ya le confirmaría el momento.
Y no añadió más, dado el poco interés que mostraba el compositor deprimido.

Ceñido por las convenciones con que la posteridad había atrapado su figura, Bruckchen encontraba dificultades para moverse con independencia. Era ésa la mayor diferencia entre su vida anterior y la actual: ¿Por qué era incapaz de improvisar, él que fue un indiscutido maestro del teclado? Ésa y otras penurias enmascaraban su verdadera tragedia: la desaparición de San Florián le había desprovisto de su tiempo, capado sin su órgano, ahogado sin hogar.

Fue el niño Jesús quien terminó de revelarle lo que su dueño quería de él. Se trataba de que decidiera cuál de las mil versiones de sus obras era la mejor, para hacer una compilación de todas sus sinfonías que pudiera contar con el cuño: “Edición completa revisada por el autor”.
No recordaba si Warner o Universal estaban detrás del rentable empeño.

Lo confirmó Cole un día después. Y le puso deberes para el resto de la semana: 
-Anda, vete empezando con la maraña de las terceras sinfonías. Dime con cuál nos quedamos.
Según la Wikipedia, su obra conocía una versión de 1873, otra de 1874, un adagio nuevo en la de 1876. Le seguían la versión de 1877, que contaba con dos ediciones (de Oeser en 1950 y la de Nowak, de 1980); por último, la versión de 1888/1889 cargaba también con el sambenito de dos ediciones: la de Rättig de 1890 y la de Nowak de 1959. “La tercera nunca fue la vencida, al parecer”, resumió Jesús antes de estornudar.

Atrapado por la coyuntura, con voluntad descoyuntada, Bruckchen se sentía cada vez peor. “¿Cuál es la mejor?”.
Quiso telefonear a Wagner, su referente, su ídolo, para pedirle opinión. Según la leyenda, le había mostrado la partitura de la 3ª en una noche remota en que ambos acabaron trompas. Su segundo dios le autorizó a dedicarle esta sinfonía después de leerla con alcohólica atención y descartar la segunda. Le llamó una y otra vez, pero estaba ausente. Jamás sospechó que se exhibía tras el nombre de Zugner.
Al telefonear a Gustav le respondió un mensaje críptico: “el músico al que llama está muerto, es inmortal o queda fuera de cobertura”.

Sólo salió un día de su estudio. Los ruidos del piso de arriba eran señal inequívoca de que se celebraba una fiesta desmadrada. Abrió un joven gafotas al que reconoció como Schubert por un retrato de Josef Abel que guardaba el Kunsthistorisches Museum de Viena. “Escapa mientras puedas”, le susurró su colega de sinfonías, “la única salida es la muerte”. Y cerró temeroso la puerta, con las lentes empañadas.

Se sentía atrapado entre la dejadez y las dudas que las exigentes premuras no hacían más que aumentar:
-¿Cómo va la tercera?
Perdido en sus propios pentagramas, en los marcadores que usaba para resaltar las olvidadas diferencias. 
-¿Cómo va la tercera?
En la duda, se llegó a preguntar: ¿Qué haría Hamlet? Su religiosidad le impedía seguir los pasos de Ofelia, por mucho que se sintiera dejado de la mano de Dios.
-¿Cómo va la tercera?
Entonces lo supo, recordando uno de los contactos que faltaba en el móvil, el de su alumno Hans Rott.

Llamó por teléfono a Hanslick, que no se sintió halagado en absoluto. “Estimado Eduard, quería pedirle consejo sobre…”. El crítico no le dejó terminar, contestó con una risotada, preludio a una cadena de desprecios, ironías no exentas de gracia, virulentos sarcasmos, adjetivos descalificativos y adverbios lapidarios.
Como corolario a toda la inmundicia crítica que les arrojó encima, el deficiente clon que lo alojaba sufrió un infarto mientras Hanslick no les dejaba de odiar a la salvaje manera de Twitter.

Nowak mira al cielo y afirma: “el Creador mató a su siervo más devoto”. 
Para Oeser, “Bruckner remurió”.
Ambos obvian el papel de Pérez, coleccionista múltiple, que se quedó con un palmo nasal y un asumible déficit pecuniario.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Alma sin refugio

 Exposición: La Poética de la Libertad
Acaricia los nombres que se suceden en el mapa. Su dedo índice los recorre llevado por el mismo azar, por el mismo orden desarbolado que decidía su rumbo en aquellos días. Marsella, Aviñón, Narbona, Carcasona, Burdeos, Biarritz, Bayona, Biarritz otra vez, Hendaya, San Juan de Luz, Orthez, Pau, Lourdes. Permanece en el de Lourdes un instante, cierra los ojos y suspira. Hasta entonces ha escrito sus memorias como quien escribe un panegírico, o así lo recordaba yo. 

Mi memoria también conservaba imágenes de distintos episodios: Su marido Franz perdiendo los nervios. El dinero que llevan gracias a ella. La noche pasada en un lupanar vacío. La contabilidad de las propinas, los pagos y las estafas. Su preocupación por las partituras que lleva en el equipaje, de Bruckner y de Mahler, su ex. El arquitecto Gropius, otro ex, había quedado al principio, casi en el anonimato. “Si esos nombres me quisieron, sería por algo”. Escribió hombres, pero el objetivo de mi  escrito era manipular, a la luz de unos recuerdos llenos de sombras. 

No hay mayor rencor que el de un lector con sus expectativas defraudadas. En su día había abordado las memorias de Alma esperando encontrar la chispa divina que la hacía diferente y sólo hallé una burguesa posando ante la posteridad. Creo que esta conclusión anduvo royendo mis recuerdos para dejar sólo aquéllos que la justificaran de pleno. Volví a leer la obra para cimentar mi tesis, para repasar los topónimos y ordenarlos correctamente y poder escribir con un camuflaje de empatía: 

Alma acaricia los nombres que se suceden en el mapa. Su dedo índice los recorre llevado por el mismo azar, por el mismo orden desarbolado que decidía su rumbo durante aquel verano de 1940. Marsella, Aviñón, Narbona, Carcasona, Burdeos, Biarritz, Bayona, Biarritz otra vez, Hendaya, San Juan de Luz, Orthez, Pau, Lourdes. Hacia delante y hacia atrás, siempre. Al azar del alojamiento, del medio de transporte, de la busca de un visado para salir de Francia, de un salvoconducto para permanecer en el país, al azar del avance alemán que parece perseguirles. 

La uña choca una, otra vez contra la barrera de los Pirineos. Sólo en Lourdes se afloja la tensión y se vierte en lágrimas, como entonces, cuando las escondió en la emoción de comulgar. Apenas le quedaba su identidad y su música, que nadie de los feligreses conocía. Pero notaba la paz de sentirse en comunidad, a pesar de saberse extraña a todos. Llora con vergüenza por todo lo que se le junta dentro. “Maldita educación centroeuropea a base de golpes”, lamenta sin alzar la voz, por escrito, con discreción amaestrada. 

“A base de golpes”. Mientras lo releo noto una bofetada sonora, me doy de bruces contra mis prejuicios. Sólo entonces abro la mano, dejo de asfixiar sus recuerdos, los empiezo a contener en mis palabras: 

Alma no los iba a escribir, por la dignidad que le viene impuesta desde la infancia, pero revive los nombres que le sugiere el plano: lágrimas, hambre, suciedad, incertidumbre, cansancio, sed, asco, desesperación, miedo. Y rumores, rumores que socavan cualquier estabilidad posible, que imposibilitan toda certidumbre.

Por primera vez reconozco en sus memorias, hacia delante y hacia atrás, los paisajes repetidos que derrotan a cualquier refugiado: como la estación de tren de Burdeos, abarrotada de confusión, de desterrados, un cúmulo de seres varados con sus desesperaciones individuales, con un fondo inútil de silencios o de gritos, aplastados todos bajo la misma presión contra los andenes. Otro lugar: el coche parado en medio de la carretera, de la noche; no pueden seguir circulando y duermen allí. Un paisaje de humanos que les ayudan, otros que les desdeñan. Y ese lugar de paz que se resisten a abandonar, polillas atrapadas por una bujía. Dos semanas visitando de continuo la gruta. El judío Franz Werfel lee todo lo que encuentra sobre la santa y promete dedicarle una novela. Si se salvan.

Desde Lourdes volvieron a Marsella, vía Toulouse, a alojarse en un hotel a la misma hora en que se llegaba una comisión alemana. Gracias a las artimañas del director hasta pudieron convivir, a escondidas, con la Gestapo. El azar define a sus acompañantes (como Golo, un hijo de Thomas Mann), que también comparten los hermosos paseos por la playa. El 12 de septiembre creen contar con los medios suficientes para dejar Francia. “Durante nuestra huida todos los trenes salían entre las tres y las seis de la mañana”, constata Alma como resumen de sus nítidas pesadillas. También en ferrocarril siguen de Perpiñán hasta Cerbère. Entre ambas paradas queda Colliure, que guarda desde el año anterior un frágil pedazo de España. “Herida sangrante”, Mahler-Werfel define en dos palabras un país destripado por la guerra. Tienen la intención de atravesarlo para llegar a Portugal. 

La suerte que no habían recibido antes se vierte en ambas faldas de la frontera, aunque por momentos les pese el número 13 que bautiza el día. Los obstáculos no les impidieron llegar a Barcelona, después de traspasar las montañas a pie, avanzar, retroceder, y sellar al fin sus papeles en el puesto de Portbou. El mismo Portbou donde se suicidó Walter Benjamin tras ser detenido por la policía española. Fue un veintitantos de septiembre, cuando Alma y Franz ya terminaban el periplo que desde Lisboa los conduciría en barco hasta Nueva York.